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SAN GIOVANNI A. FARINA
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SAN GIOVANNI A. FARINA
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SAN GIOVANNI A. FARINA
Pastor infatigable, Maestro intrépido, Padre de los pobres
El hombre de la caridad
Monseñor Farina en el ambiente cultural vicentino
En Gambellara, límite entre las provincias de Vicenza Verona, de Pedro Farina y de Francisca Bellame, nació Giovanni Antonio el 11 de enero de 1803 a las 12 p.m., séptimo hijo de este matrimonio. Al día siguiente fue bautizado por el Párroco Don Francisco Guelfo, siendo sus padrinos Francisco Possá y Angela Cera. Tuvo dos hermanos, Girólamo y Juan Bautista y dos hermanas, Lucía y María.
El pequeño Giovanni Antonio vivió con su familia hasta los 3 años cuando fue confiado por sus padres a su tío paterno Don Antonio Farina, capellán en Locara, quien asumió el cuidado de su formación, le preparó para la confirmación —recibida en Montorso en 1811 en la capilla del palacio Porto-Barbaran— y para el sacramento de la confesión y primera comunión que hizo en Gambelara.
La bondad natural de su alma, la prontitud del espíritu y la destacada inclinación al estudio, persuadieron a su tío para enviarlo a la escuela y así, según se podía vislumbrar, prepararle al estado eclesiástico. Cumplidos, bajo la dirección de su tío, hombre de vasta y sólida cultura, los estudios de Gramática Elemental, Media y Superior, en 1817 entró en el Seminario para realizar sus estudios humanísticos. Su primer maestro fue Don Francisco Ester, quien pudo constatar la sólida preparación y las brillantes aptitudes de su discípulo.
El mismo año, en el cual Giovanni Antonio se iniciaba en sus estudios humanísticos, el Obispo José María Peruzzi asumía el gobierno de la Diócesis de Vicenza, la cual había quedado vacante desde la muerte del Obispo Marco Zaguri acaecida en 1810. Los acontecimientos de los últimos años: el dominio Napoleónico y una larga ausencia en la sede episcopal, habían dejado tristes repercusiones en la vida religiosa de la Diócesis. La disciplina eclesiástica tenía necesidad de ser corregida y reavivada, y el sabio Pastor inició su obra de gobierno restaurando la disciplina y los estudios del Seminario.
La injerencia del Gobierno Francés había trastornado y confundido el desarrollo tradicional de los estudios y, sobre todo, había influido en la preparación cultural de los aspirantes al sacerdocio, orientándolos según la línea iluminista y jurisdiccionalista, las cuales prevalecían en la sociedad y en la práctica política del tiempo, según la cual se trataba de “hacer, en lugar de sacerdotes, empleados del gobierno”. En la confusión de las doctrinas, en la inestabilidad de la suerte política, en el enfrentamiento del espíritu religioso del pueblo, reducido a extrema pobreza por la guerra y por la carestía, que desolaba aún las provincias vénetas, las vocaciones habían disminuido.
Mons. Peruzzi, apenas tomó posesión de la Diócesis dirigió una circular a todos los Párrocos en la que daba normas precisas sobre la admisión de los aspirantes al Seminario. En la organización de los estudios tuvo en cuenta las modificaciones introducidas en el reglamento y en las circulares del Gobierno Austríaco que sucedió al Gobierno Francés y también la organización de los estudios teológicos de Padua, tanto para la distribución de los cursos, como para el desarrollo de los programas. Las reglas de Mons. Peruzzi fueron un monumento de sabiduría y de cristiana pedagogía, tanto en el espíritu como en la substancia. En ellas se dio la máxima importancia a la formación intelectual y moral de los aspirantes al sacerdocio. Sólida piedad y segura ciencia eclesiástica fueron particularmente encomendadas.
En los cursos inferiores de Gramática y de Humanística y en los cursos medios de Retórica, de Filosofía, de Matemáticas, de Física, de Ciencias, de Geografía y de Historia se dio mucha importancia al estudio del Latín, Griego y Hebreo, indispensables para el estudio de Teología Dogmática, de Moral, de Sagrada Escritura y para la lectura de los textos bíblicos y de las obras de los Santos Padres.
En el estudio teológico y de Derecho Canónico se seguían los programas de la Facultad de Teología de Padua. Cursos de Elocuencia el “grande Pontífice, confesor de la fe frente a la prepotencia despótica de Napoleón”.
El joven Giovanni Antonio, siguió con loable provecho el curso bienal de Sagrada Escritura dictado por el profesor Facci y el de pedagogía bajo la guía del profesor Giechele; estudió Derecho Canónico e Historia Eclesiástica dirigido por el profesor Vecchia. El profesor Zacarías Bricito, que luego fue Arzobispo de Udine, fue su maestro de Teología Pastoral y de Catequética. Obtuvo la licencia de profesor primario y de Metódica.
Cumplidos los estudios de Humanística, en la sagrada ordenación de Pentecostés de 1820 recibió con la vestidura eclesiástica la tonsura y las dos primeras órdenes menores.
Durante el estudio de Retórica y de Filosofía, el joven Farina fue exorcista y acólito. Al inicio del estudio de Teología (1824) fue promovido al subdiaconado y al año siguiente al orden de diácono.
El Obispo, quien había seguido con paterna atención al joven seminarista y nuevo Clérigo, apreció en él dotes no comunes, y luego de haberle confiado en el primer año de Teología, la vigilancia disciplinar de un grupo de seminaristas de Humanística, al año siguiente, le encargó la enseñanza de la Gramática Elemental y durante el tercero y cuarto año de Teología, la Gramática mixta y la Gramática Media Menor El profesor Farina tenía especiales aptitudes para la enseñanza, y antes que nada, aquella de ganarse el amor y la estimación de los alumnos por la palabra fácil y clara, por la vasta cultura y la singular claridad en la exposición. Mientras ejercía la cátedra continuó los estudios de Catequética y de Metodología y se inscribió en la Academia Eclesiástica de Elocuencia Sacra que, instituida por el Obispo Peruzzi, formó oradores brillantes.
Contemporáneamente, el joven Don Antonio fue designado a la Parroquia de San Pedro, como ayudante del Párroco y del Capellán. San Pedro era la Parroquia más extensa y poblada de la ciudad, conformada casi en su totalidad de familias modestísimas de artesanos y obreros, era campo siempre abierto y necesitado de caridad. Al joven sacerdote Farina le fue encargada la misión de organizar la enseñanza de la Doctrina Cristiana en dicha Parroquia. ¡Feliz circunstancia! Porque es precisamente allí donde nueve años más tarde, Don Antonio fundaría la Congregación de Madres Doroteas.
En 1827 predicó «la cuaresma» en la Catedral de Vicenza el Misionero Conde Don Luca Passi de Bérgamo. Además de orador sagrado, era también, con su hermano Conde Don Marco, un ferviente propagador de la Pía Obra de Santa Dorotea, iniciada ya en la Diócesis de Bérgamo y difundida luego en Lombardía, en Piamonte, en Liguria, en Toscana y en el Estado Pontificio. La Pía Obra era una Congregación parroquial de piadosas mujeres, quienes, sin olvidar sus deberes domésticos, cuidaban a las niñas confiadas por sus Párrocos. Dicha organización obtuvo la aprobación de muchos Obispos, y fue enriquecida en 1820 con numerosas indulgencias concedidas por el Papa Pío VII.
En este tiempo el renacimiento católico e italiano, en contraste con el espíritu anticlerical de los dominadores franceses, la Pía Obra de S. Dorotea encontró el favor aunque no totalmente desinteresado, de las autoridades civiles, y gozó de la protección de la Virreina de Lombardo Véneto y de la Emperatriz de Austria. El Conde Don Luca Passi dio a conocer esta nueva Institución de Caridad en Vicenza, y por consejo del Obispo D. José María Peruzzi, la fundó en la Parroquia de San Pedro confiando la dirección al profesor Farina. De espíritu activo, claro, de vivo sentido práctico y de eminentes dotes organizativas, el Sacerdote Farina escogió entre las mujeres más aptas, más generosas y más piadosas de la Parroquia, para que colaboraran con él y en corto tiempo en medio de la acogida y el fervor de todos, la Pía Obra pudo ser organizada y puesta en marcha.
Doce personas de San Pedro, junto con el Conde Porta, regio intendente de Finanzas en Vicenza, se comprometieron a dirigir y financiar la fundación. Fueron escogidas una maestra y una asistente. Se arrendó una casa bella y grande y cada uno se dispuso ayudar a la Casa de Instrucción de las niñas pobres, solicitando limosnas a buenos ciudadanos. La Pía Obra se inició el 1º de febrero de 1828 y fueron admitidas doce jovencitas seleccionadas entre las más necesitadas de la Parroquia. Se comenzó a instruirlas en la Religión y en el trabajo con el fin de formar buenas mujeres cristianas. La instrucción fue bien encaminada y ofrecía las mejores esperanzas para el futuro, mas, como a veces sucede en las cosas humanas, no se obtuvo tanto éxito como se esperaba. Por varios motivos, que no es del caso examinarlos aquí, la Escuela tuvo rápida decadencia.
El Conde Porta que se había retirado, una vez obtenida la jubilación en marzo, preocupado y triste por la suerte de su Institución, escribió, desde la misma ciudad, una carta al Padre Cayetano de Luca, director espiritual de Don Antonio Farina, para que buscase alguien que se preocupara de la desafortunada familia y procurase algún remedio eficaz. Orientado por el Padre de Luca, el Conde Porta se dirigió a Don Giovanni Antonio. Este Sacerdote, consciente de que se trataba de una obra de caridad para la instrucción y la salvación de la juventud, acogió con entusiasmo la propuesta de buscar la forma de reactivarla.
No era trabajo ni pequeño ni fácil aquel que se le ofrecía a Don Giovanni Antonio, añadiéndosele a los ya importantes cargos escolásticos del Seminario como profesor de Teología Pastoral y Sagrada Elocuencia. El Obispo Mons. Peruzzi le había confiado en 1831 la dirección de la Academia Eclesiástica de Sagrada Elocuencia y la cátedra de Metodología y Catequética. En 1823 fue nombrado además Examinador Presinodal. En 1833 el Obispo Capellari le confió el delicado cargo de Bibliotecario del Seminario. En la Parroquia de San Pedro, además de la dirección de la Pía Obra de Santa Dorotea que al desarrollarse requería siempre mayores cuidados y trabajos, la enseñanza catequética y otras obras pastorales; sobre todo, luego de la renuncia del Párroco Don Orlandi, pesaba sobre él. Todo aquello parecía agotar sus posibilidades; si se tiene en cuenta además que en cada cosa ponía al máximo empeño, tanto ardor y tanto celo, como si ninguna otra obligación le preocupase, su acción estaba guiada por el Espíritu de Dios; todo se le hacía factible.
Don Antonio trazó las líneas maestras del plan de reforma. La dirección de la disciplina escolar y de los trabajos debía ser encargada a la Directora de la «Pía Obra de Santa Dorotea». Las alumnas de la nueva Escuela de Caridad formaron así un nuevo grupo. Tres personas debían llevar la dirección y el gobierno de toda la Institución: Don Giovanni Antonio, Felice De Maria y Valentino Piccoli. Felice de Maria era benemérito y estimado industrial de la Parroquia de San Pedro. Valentino Piccoli colaboraba con De Maria en esta obra de caridad. Para la dirección de la disciplina y de los trabajos, fue escogida la señora Redenta Olivieri Noble Taxis, quien, en un futuro próximo, sería la primera Superiora General de la Congregación de Madres Doroteas. Don Giovanni Antonio procuraba sabiamente no sólo reanimar la Institución iniciada por el Conde Porta, sino reconstruirla apoyándola en bases sólidas y confiando la dirección a personas expertas y bien conocidas por él, todas animadas por el mismo fervor de caridad.
Se fijó así la fecha de apertura de la nueva Escuela de Caridad para el primero de octubre de 1831. Don Giovanni Antonio entre tanto había formulado el reglamento para la buena disciplina de dicha Institución, el cual fue leído, aprobado y firmado por los Directores el primero de abril de 1832. Felice De Maria asumió la administración económica de la escuela y Valentino Piccoli colaboraba con él. Don Giovanni Antonio había pensado ya desde hacía algún tiempo, en notificar ante las autoridades escolares la «pequeña institución», y el 20 de septiembre de 1833, envió a la Delegación Imperial Regia de Vicenza, un informe firmado por los Directores de la Escuela de Caridad. Antepuso la noticia de los orígenes y evidenció el objetivo altamente cristiano y filantrópico del instituto. El Decreto de Autorización llegó el 24 de enero de 1834, una vez realizada la debida investigación por parte de las autoridades superiores de Venecia.
Finalmente, en 1836 Giovanni Antonio Farina funda el Instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones. Para ello había estudiado atentamente la obra de Santa Magdalena Canossa, de Leopoldina Naudot, fundadora de las hermanas de la Sagrada Familia de Verona y de la B. Frasinetti de Génova. Admiraba y seguía el espíritu de la obra del Cotolengo en Turín. Don Giovanni Antonio anhelaba un nuevo método de educación y deseaba un Instituto de religión y de piedad, que pudiera traducirlo en la práctica. La experiencia le había enseñado que de las maestras asalariadas, por más buenas, generosas y capaces que fueran, no se podía pretender la paciencia, la constancia, el espíritu de abnegación, necesarios para una misión tan noble; pero, igualmente por amor a Dios, a la instrucción y a la educación de las niñas pobres, podían dar vida y sostener al Instituto.
A medida que el ideal se esclarecía en su mente, se le ofrecía la ocasión de pasar del estudio y de la meditación a la ejecución del nuevo método educativo. Don Giovanni Antonio escribió el Reglamento disciplinario para el nuevo Instituto, fruto de sus experiencias y del atento análisis de las mejores instituciones italianas de la misma índole. El objetivo principal del Instituto fue la educación cristiana de las niñas, especialmente de las más pobres y abandonadas, y el ejercicio de la caridad hacia el próimo más necesitado. Era necesario, por tanto, ampliar el campo de la acción caritativa, de manera tal que se puedan abrazar aún los estratos más humildes y olvidados de la sociedad, para elevarlos a un nivel de vida menos penoso y precario.
El Reglamento escrito en cortos y minuciosos artículos referentes a los Directores, a las Maestras y a las alumnas, alcanzó las aprobaciones superiores y la Institución se desarrollaba con éxito. Era necesario ponerle un fundamento estable y darle forma definitiva. El Obispo examinó el Reglamento, lo aprobó y expresó su complacencia solicitando la ejecución. El mismo día, en el que el Obispo dio su aprobación, el Reglamento fue presentado a la Regia Delegación y a la Congregación Municipal rogándole presentarlo a su vez al Gobierno Imperial. En la carta adjunta, se evidenciaba el progreso realizado en la Escuela de Caridad desde el día 24 de enero de 1834, en el que había obtenido el Regio Decreto de aprobación. Todo este sinnúmero de gestiones fueron hechas de antemano para predisponer a las autoridades a favor del nuevo Instituto, el cual en su sencillez reconocía una vasta idea que permitiría en el futuro un amplio desarrollo para todas las obras inspiradas por la caridad cristiana. Y si bien el Fundador, en vida, no envió a sus religiosas fuera de los confines de la región del Véneto, sentía en sí un celo ilimitado y sus mismas expresiones, permiten comprender el ansia apostólica que vibraba en su corazón:
«Señor, este campo es estrecho, estas hijas son pocas, este asilo tiene confines muy limitados. Abridme las puertas del mundo. ¡Oh Señor, y el mundo todo os lo traeré convertido a vuestros pies.»
El sufrimiento marcó toda su vida
Al dar una mirada global a la vida de G. A. Farina, sorprende el hecho que la cruz y el sufrimiento lo “señalaron” y lo acompañaron como un leitmotiv, desde los primeros años de la niñez hasta la muerte y lo siguieron más allá de la tumba.
En la infancia y en la juventud: Desde la infancia Giovanni Farina tuvo sufrimientos familiares: a los tres años fue alejado de su hogar y llevado junto al tío paterno; a los 15 años, su madre quedó ciega; a los 21 años su padre murió de improviso y el resto de la familia se trasladó a la casa parroquial del tío.
Joven sacerdote: Profesor en el seminario, apoyó la reforma de los estudios que favorecían una mejor preparación teológico-pastoral de los futuros sacerdotes; pero esto le ocasionó la crítica de los maestros defensores de los estudios clásicos. En estos años se origina aquella hostilidad que le acompañaría más tarde, por parte del clero vicentino, heredero de esta línea clasista, clero en un principio antiaustriaco, luego liberal y antitemporalista.
En la fundación y en el desarrollo de la Congregación: Además de las dificultades inevitables inherentes a la creación de nuevas obras, la defensa de la identidad carismática de su Congregación fue motivo de cuidado especial y de sufrimiento porque Farina tuvo que renunciar a la aprobación pontificia por el fundado temor de perder la identidad jurídica y carismática; o clausurar las obras y retirar a las Hermanas cuando vio en peligro la autonomía de las comunidades religiosas, el espíritu de la Congregación o la relación de las casas filiales con la casa central.
Durante su obispado en Treviso: De muchas maneras intentó realizar un proyecto soñado desde hacía tanto tiempo: abrir una casa para los sacerdotes, pero la hostilidad creada por los canónicos anuló sus buenas intenciones. También tuvo que suspender el Sínodo diocesano en vísperas de la celebración, después de haberlo preparado con anticipación. La administración difícil en el seminario debido de la escasa colaboración del rector, los profesores y el cabildo de la catedral, le motivó a plantear la propuesta radical de confiar este instituto a una orden religiosa, sin embargo fue rechazada. Una controversia con el Cabildo, que duró diez años, fue la causa principal de un dramático conflicto de conciencia que lo indujo a pedir su traslado.
Durante su obispado en Vicenza: La relación con la Casa de Austria en la fundación de la Congregación, dio lugar a una interpretación política de su acción pastoral, constituyendo uno de los aspectos peor interpretados y más discutidos en la prensa contemporánea y en la historia siguiente. La investigación apostólica sobre algunas denuncias que censuraban su acción pastoral y su postura en el debate entre las tendencias intransigentes y liberales, provocaron la desaprobación del Pontífice. Más tarde, un nuevo acto de desconfianza abierta de la S. Sede, le motivó a presentar su renuncia, pero el Papa se apresuró a rectificar sus expresiones y le aseguró la confianza en su integridad. Las calumnias lanzadas públicamente sobre la administración del Legato Muttoni perjudicaron su honor en la diócesis. No obstante, los estudios actuales han demostrado que Monseñor Farina jamás malversó este Fondo, más bien supo conservarlo, aunque para reconstruirlo tuvo que “pagar de persona”, llevando el peso de las injurias.
Giovanni Farina, que en el Concilio Vaticano I se había alineado entre los que defendían la infalibilidad pontificia con profunda convicción, fue calificado como opositor a la misma por la prensa local y por alguno de sus sacerdotes. Esta falsa interpretación perduró en la historiografía casi hasta nuestros días.
Los últimos años: Los últimos años de su vida fueron ofuscados por otra denuncia a la Santa Sede. Se lo acusaba de haber abandonado la diócesis desde hacía veinte años. Un estudio reciente juzga que estas acusaciones carecen de fundamento y son absolutamente falsas, demostrando, en cambio, el celo pastoral que mantuvo hasta su ancianidad. Durante la última enfermedad y en el lecho de muerte, experimentó el sufrimiento de no poder ver a ninguna de sus religiosas porque a ellas les fue inexplicablemente prohibido visitarlo y hasta participar en sus funerales; así afirman numerosos testimonios escritos y orales de la Congregación.
Persecuciones: En una de sus cartas dirigidas al Papa, Farina mencionó las “expresiones vulgares, los insultos públicos, los atentados cometidos en su propia habitación y más de diez veces en las calles”, sufridos desde 1868 hasta 1870 por su fidelidad al Papa. En Vicenza era conocido como «austriacante» porque se mantuvo en buenas relaciones con la casa imperial que había apoyado a su Congregación. En el levantamiento de 1848 contra los austríacos, «fue perseguido con piedras y silbidos por la calle, pero él, sin apresurar el paso, sin alterarse, se refugió sano y salvo en la tienda del hermano», según narra Giovanni da Schio, quien añade: «cuando volvieron los alemanes, no se vengó».
En la noche del 28 de febrero de 1862 fue lanzada una bomba contra el obispado de Vicenza. Farina informó al Papa: «Voy alegre y con ánimo firme al encuentro aún de la muerte por Vuestra Causa…». El 13 de julio de 1866, una turba invadió el obispado, arrancó su emblema y cometió actos vandálicos; Mons. Farina se mantuvo inmutable en el gran salón, con la bandera en la mano, con la conciencia tranquila porque jamás había dejado de ser italiano, aunque guardase gratitud hacia las emperatrices. El 20 de septiembre de 1870, la noticia de la caída del poder temporal del Papa lo dejó “triste, deprimido, pensativo, estremecido y confundido”.
Causas de las adversidades y de los sufrimientos
El origen de las situaciones dolorosas de la vida de Monseñor Farina se puede descubrir en un sentimiento de envidia encubierta de parte de los demás y en la interpretación política con que se juzgó a sus acciones. Pero, en realidad, todas sus decisiones fueron guiadas por un estilo pastoral. Los errores de apreciación nacieron de una lectura restringida y netamente política sobre su labor.
En tiempos recientes, historiadores como Giacomo Martina y Gabriele De Rosa han rectificado su juicio, rehabilitándolo. Giovanni Mantese resaltó su obra en el Proceso sobre su vida, las virtudes y la fama de santidad.
Su reacción frente al sufrimiento: Escribe Giacomo Martina que Farina nos presenta a un hombre madurado por el dolor y profundamente humano. Generalmente, la naturaleza reacciona con amargura, pero en Farina prevalece una fuerte comprensión del dolor ajeno. Su experiencia familiar dolorosa lo hizo más sensible al padecimiento de los enfermos y pobres. Cuando fue clausurado el centro educativo de Cittadella por un escándalo de dos hermanas, reaccionó con equilibrio: “Encerrémonos en el Corazón de Jesús, besemos la cruz que hemos merecido… Confianza, confianza, yo soy vuestro Padre y lo seré siempre”.
Celo por las almas
Su camino espiritual: del temor de Dios a la misericordia: Tullo Goffi señala el camino progresivo de Farina hacia la perfección de la caridad. De joven, sus sermones hablaban de un Dios que castiga para acercar al hombre a la ley divina. Progresivamente maduró hacia una experiencia de caridad profundamente renovada. Al final de su vida, Farina escribió en su testamento: “¡Ah! Reconozco que estoy lleno de imperfecciones morales. Nunca había pensado que mi clero me amase tan poco… Me postro a los pies del Crucificado y rezo por todos, y digo Está bien que Tú me hayas humillado”.
